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Un home amb ulleres de pasta. 2010

Posted by on 01/09/2010 in comedy, dark comedy, drama

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premi

Premis Crítica Barcelona. Revelació temporada 2006/07
Premi de la crítica Serra D’or al millor text teatral.
Nominacions premi Max al millor text.
Premi millor obra 2011 PREMIS TIME OUT. BARCELONA
Premio mejor obra 2014 PREMIOS MI BUTAQUITA. MADRID.

CARTELL-FINAL-HOMEPASTA-minCATALÀ
L’AINA té trenta anys i somia ser escriptora, però no s’atreveix. Acaba de ser abandonada per la seva parella. La LAIA i l’ÒSCAR la volen animar perquè aprofiti l’oportunitat i faci realitat somnis que havia aparcat: Escriure. Portaran a sopar a casa l’AINA al MARCOS. El poeta capaç d’enamorar amb uns versos. En MARCOS, però, no es satisfà amb un sopar ple de converses banals, exigeix aliment espiritual. Actua com un depredador. L’AINA, la LAIA i l’ÒSCAR veuen com es desmunten les seves vides. Ells són fràgils, s’han perdut en l’apatia contemporània, s’han ofegat en el dubte i  ELL se n’aprofita.

CARTEL WEB UN HOMBRE LARAESPAÑOL
AINA tiene treinta años y sueña con ser escritora, pero no se atreve. Acaba de ser abandonada por su pareja. LAIA y OSCAR la quieren animar para que aproveche la oportunidad y haga realidad sueños que había aparcado: Escribir. Traerán a cenar a casa de AINA a MARCOS. El poeta capaz de enamorar con unos versos. MARCOS, pero, no se satisface con una cena llena de conversaciones banales, exige alimento espiritual. Actúa como un depredador. AINA, LAIA y OSCAR ven como se desmontan sus vidas. Ellos son frágiles, se han perdido en la apatía contemporánea, se han ahogado en la duda y  ÉL se aprovecha.

Texto publicado por EDICIONES ANTIGONA

Texto publicado por EDICIONES ANTIGONA

En algún momento de la vida me gustaría ser Un hombre con gafas de pasta. Asistiría a los estrenos de mis compañeros y les jodería la fiesta gracias a mi incontenible sinceridad. Allí me convertiría en el protagonista, sin que se dieran cuenta. Llegaría a las reuniones de trabajo y me reiría de todas las propuestas, incluso las ridiculizaría y todos me darían la razón. Y las gracias. Afirmaría haber leído las últimas novedades literarias más undegrounds y haber visto el cine más subterràneo. Menospreciaría a los que no supieran ni de què les hablo. Entraría en tu casa y me haría tan amigo de tus amigos, que incluso dejarían de serlo de ti. Entonces sería Un hombre con gafas de pasta. Igual que los cientos que ya he conocido. Esos hombres y mujeres que están cerca. Aunque no lo pienses. Están dentro de tus círculos, dentro de tus famílias. Igual no los ves. Igual no te das cuenta. Pero hacen todo lo que está en sus manos para que tu les entregues lo que más quieres, lo que más te anima. Ve con cuidado. Fíjate bien. 

Jordi Casanovas


MONTAJE 2016. Estreno en Espacio Callejón. Buenos Aires.


MONTAJE 2014. Estreno en La Pensión de las Pulgas. Madrid.


 MONTAJE 2010. SALAFlyHard. Barcelona.


MONTAJE 2014. Estreno en La Pensión de las Pulgas. Madrid.

Texto y Dirección: Jordi Casanovas

Reparto (por Orden alfabético)
José Luis Alcobendas
Markos Marín
Inge Martín san Juan
Olga Rodriguez 

Equipo Artistico
Ayudante de dirección: Gabriel Cuenca
Maquillaje: Mar Albadalejo
Vestuario: Tania Sanz
Fotografia: Victor Manuel Medina
Video: Álvaro Collar
Comunicación on line: Juan Garcia Calvo
Dirección de Producción: Inge Martín San Juan
Ayudante de Producción: Henar Hernández
Producción: MAD CHOICE 

http://www.edicionesantigona.com/index.php/es/colecciones/teatro/un-hombre-con-gafas-de-pasta


MUNTATGE 2010. Estrena a la SALAFlyHard.

Dramatúrgia, Direcció i Espai Escènic: Jordi Casanovas

Intèrprets
Roser Blanch, Clara Cols, Pablo Lammers i Sergio Matamala.

Caracterització: Lorena Moró i Blanca Caminal
Ajudant de Producció: Marina Fita
Regidoria: Blanca Caminal
Tècnic funció: Dani Martínez
Fotografia: Paco Sierra

Producció: SALAFlyHard


CRÍTIQUES

Un home amb ulleres de pasta

La companyia FlyHard retrata una generació frustrada i marcada pels pseudointel·lectuals ‘gafapastes’ amb poder(s)

“El títol Un home amb ulleres de pasta, molt de cinema independent nord-americà, escau a aquesta història en la qual es barreja la intriga d’un thriller amb la fantasia d’última generació, la del vampirisme. Un vampirisme intel·lectual amb què Casanovas retrata els comportaments de quatre amics de trenta anys amb inquietuds artístiques.

La Laia, funcionària municipal, i l’Òscar, videoartista que fa publicitat, decideixen consolar l’Aina, que vol ser escriptora de contes i ha estat recentment abandonada per la seva parella, amb un sopar on porten en Marcos, un poeta suposadament famós i encantat de conèixer-los que els ha fascinat més enllà del que és raonable. Però el convidat d’ulleres de pasta, en principi un noi de bones maneres i tracte agradable, va desvelant el seu veritable caràcter violent. Un cregut que no dubta a desqualificar fins a l’insult els seus companys de sopar, i encara va més lluny quan l’Aina descobreix la seva impostura. La comèdia atrapa pel ritme, la credibilitat dels personatges i la naturalitat dels intèrprets. Teatre en un saló amb satisfacció garantida. “

Santi Fondevila


 
Pese a su aparente simplicidad, el concepto de “minimalista” sigue llevando a confusión, quizá precisamente porque de simple no tiene nada. Se suele entender minimalismo como un tipo de arquitectura (o ni tan siquiera, de decoración: error de base) sin adornos, donde predomina el blanco y hay un vago aire japonés. Como guste, pero todo esto son superficialidades. Este desconocimiento no ha impedido que la etiqueta haya alcanzado cierto prestigio y en algunos casos nos hemos encontrado con casas que solo con moderación se podrían considerar como “rococó” y que sin embargo eran caracterizadas como minimalistas. El verdadero minimalismo es sutil, ordenado, fluido, un estilo en el que todo parece natural, pero detrás del cual hay toneladas de trabajo. Solo a través del estudio (monumental) y la práctica (sin descanso) se puede llegar a las soluciones más elaboradas y que a la vez parezca que el camino elegido era el único transitable. 
 
El teatro también se ha visto asediado por un falso minimalismo consistente en, pongamos por caso, un escenario desnudo y una silla (vieja o de diseño, eso ya es cuestión de gustos y de corrientes). Inenarrable tedio y excusas como “vocación de estilo” son otras de sus señas de identidad. Autosatisfacción, por aliñar con pretensiones lo que no es más que pereza. Pero también hay casos de teatro valiente, decidido, que, como se suele decir, con cuatro cosas es capaz de sorprender al espectador y de llevarlo por territorios apenas transitados. Un vaso, un trozo de madera, unas luces que se apagan y se encienden, un verso, y ya tenemos lío.
 
Al principio de Un hombre con gafas de pasta parece que nos conocemos el itinerario de memoria. Un pedante que que es el prototipo del listillo al que nos encanta odiar y en el que se mezclan identificación (pues otra cosa no, pero pedantes entre el público teatral no faltan), envidia, repulsa y miedo. Como le pasa a los otros personajes, vamos. Pero pronto la cosa se va volviendo extraña. Empiezan a suceder cosas que no tienen explicación o que, si la tienen, peor. Ya no sabemos qué va a pasar la próxima vez que se abra la puerta. Si no estuviéramos embutidos entre el público, nos estremeceríamos (blench in the bench.) Al final hay gritos, caras de susto, carcajadas nerviosas y de las otras. Muchos nervios.
 
Para llegar hasta aquí Jordi Casanovas ha ejecutado un plan perfecto. Cada estancia está conectada, no hay espacios desaprovechados ni pasillo, sino que el mismo cuarto se transforma según las necesidades. Por muy obtusa que haya quedado esta metáfora, el resultado en escena es cristalino. Una vez vista la función, si repasáramos el plano diseñado por Casanovas nos daríamos cuenta de la habilidad con la que ha sabido trazar las líneas maestras, cómo cada situación, casi cada frase tiene su justificación. Y eso sin entrar en detalles, en esos golpes de humor y de extrañeza que enriquecen el conjunto sin descompensar las partes. Si en la escritura Casanovas se encamina hacia un objetivo tan claro como en apariencia disparatado, en la puesta en escena sabe convertir las limitaciones en ventajas y los viejos trucos del oficio en una nueva manera de espectáculo.
 
Decimos que todo es extraño y a la vez evidente. También nos parece que el hombre con las gafas de pasta tenía que ser irremediablemente José Luis Alcobendas. Encarna el arquetipo del sabelotodo con tanta naturalidad como desparpajo. Si no fuera porque hay tantos en la vida real (y sin ir muy lejos), sería difícil creerse a un tipo tan estomagante, de estos que siempre están soltando nombres (name droppers), aprovechan cualquier oportunidad para colar una expresión en inglés y alardean de todos los sitios en los que han estado (¡lo de la India!). Alcobendas tiene elegancia y un pronto que hace temblar, seducción y un punto de histrionismo (el que quizá sea el gran momento de la obra, la declamación del poema). Lo reconocemos: en más de una ocasión nos ponemos de su lado.
Inge Martín también sabe llevar un doble juego durante toda la función. Su Aina, de apariencia vulnerable, se guarda la astucia para cuando más falta hace y entonces usará toda su frustración sin reparos ni sentimentalismos. Markos Marín bascula entre el papanatismo más detestable y la rendición incondicional. Algunas de sus reacciones serían difíciles de justificar sobre el papel, pero Marín logra que nos creamos todo lo que hace. Olga Rodríguez defiende un personaje opuesto al de Aina, ella parece muy segura de sí misma, pero en realidad se deja llevar por los demás, si hiciera falta hasta el precipicio. En esta competición de juegos dobles, Rodríguez aporta un permanente estado de firmeza que sin embargo no oculta su desamparo.
Decíamos, como dicen, que cuatro cosas son suficientes. Hay mucho humor, no le restemos importancia, un humor disparatado y salvaje. Hay sorpresa, de la que produce incredulidad, de la que da susto y de la que revela auténtico ingenio. Hay intriga, un suspense capaz de hacer sobrellevar incomodidades y de acelerar corazones. Hay talento, del que suple cualquier carencia y hace innecesarios los adjetivos y las etiquetas.

Un Hombre con Gafas de Pasta; magnífica obra de Jordi Casanovas

 

“La estupidez es una roca inexpugnable: todo lo que da contra ella se despedaza”.

Gustave Flaubert

Un Hombre con Gafas de Pasta es una de esas obras de difícil género. Lo que comienza como una comedia se convierte en un thriller de terror  y ambas consecuciones son magistrales, aunque para mi gusto la que parece menos evidente, la que gira de forma rocambolesca dando un tinte terrorífico al hombre pedante que recita un poema sin sentido, es mejor si cabe. Claro que la una no  existiría sin la otra y eso es lo que diferencia y encumbra a esta obra de Jordi Casanovas, su autor y director. Una obra ágil, actual, inquietante, reflexiva, misteriosa, divertida y con todo ello altamente inteligente en su estructura y en su desarrollo. Si la dividimos en intenciones , la primera  parte es la presentación de unos personajes identificables en la sociedad. Oscar y Laia (Markos Marín y Olga Rodríguez) conforman la pareja de aspiraciones intelectuales, hastiados de sus vidas fracasadas porque nadie les reconoce por la calle dados sus trabajos con poco glamour intelectual.  Ellos que ven películas subtituladas, compran pastel de salmón en tiendas caras, hablan de vinos, se ríen de los demás en vídeos de internet  son  unos eternos aspirantes a ser gafa pastas sin llegar a conseguirlo. Amigos perfectos, muestran su superioridad comprometiéndose con el consuelo de Aina (Inge Martín) a la que acaba de dejar su novio y que no es capaz de mostrar sus dotes literarias al mundo con los cuentos que escribe. Una mujer dulce, sencilla y con una vulnerabilidad menos escandalosa que la de sus amigos. Arranca  por tanto la función con tres personajes posicionados en la plenitud de nuestro siglo. Tres actores de sobresaliente dan vida a estos personajes. Si bien el arco dramático de Markos e Inge es más amplio y pueden lucirse en matices, evoluciones y conflictos, el de Olga que es más sencillo porque su posición es menos extrema no deja por eso de ser soberbio en su actuación. A partir de ahí, los consoladores fuerzan una cena en la casa de Aina, a la que invitan a Marcos(José Luis Alcobendas) , su ultima adquisición de amigo intelectual y auténticamente gafa pasta, que de todo sabe, de todo opina, y  domina el arte de la farsa cultural.  Habla ex cátedra de cualquier tema y es referente para esa pareja perdida en el propio yo que no quiere ser. Un papel difícil este porque su imbecilidad tiene que ser jocosa y peligrosa a la vez. José Luis lo consigue con creces haciendo que el espectador se embelese con sus palabras ,miradas y movimientos seductores desde la sandez y lo mezquino a partes iguales. Hasta la cena, la comedia. Hay un momento cumbre de carcajada cuando el poetastro recita un despropósito  de palabras, en plan “soy lo más”, engolando la voz y cautivando con su actuación patética al publico de dentro de su cena y a los que estamos como voyeurs inmersos en casa ajena. Un instante de  recreación moderna del cuento de El traje del emperador, donde la pareja de Oscar y Laia ven en el gafa pasta a su rey y alaban el traje de la intelectualidad aunque sea invisible, mientras Aina desde su silencio y sus gestos expresa que el  rey esta desnudo. He aquí una de las claves de la función. Desenmascarar al  intelectual de bolsillo; un emperador de la cultura desnudo de fundamento. La historia comienza a tornarse en tragedia cuando consiguen que Aina lea uno de sus cuentos y Marcos se ensaña con una critica voraz desde su posición encumbrada de escritor, y a partir de ahí nada será lo que esperamos. Comienza la escalada al terror. Un miedo que deberíamos haber experimentado la primera vez que vemos la admiración que tienen por el imbécil o lo que es lo mismo la necesidad de adoración a becerros de oro, que se jactan de usar palabras vacuas y se pasean por teatros, exposiciones ,conciertos u otros lugares de la cultura haciendo alarde de una superioridad ridícula. Los nuevos emperadores de la clase media con estudios y supervivientes fracasados  en un lugar de confort.

Parece que el autor con este giro magistral quiere decir: primero hago que te rías de ellos porque así te ayudo a relativizar la estupidez,  y después te doy una bofetada y te lo presento en su verdadera dimensión. No tiene gracia alguna, te tiene que dar pavor que un sujeto con tan poca caladura como el gafa pasta sea uno de los referente de la sociedad y se meta en tu vida, en tu casa, en tu mente  y te absorba la energía. Actualmente esta espectáculo con final a cámara lenta y frase de Thomas Mann se puede ver en La pensión de las pulgas. Como nos tiene acostumbrados, de nuevo programan entre sus propuestas otra joya teatral.

Titulo: Un Hombre con Gafas de Pasta/ Autor y Director: Jordi Casanovas/ Interpretes: José Luis Alcobendas, Markos Marín, Inge Martín, Olga Rodríguez/ Adjunto de dirección: Gabriel Cuenca


Crónica de «Un hombre con gafas de pasta» de Jordi Casanovas

Uno de los aspectos que más me interesan del teatro es la posibilidad de observar la condición humana –mi condición- desde la perspectiva de la imagen, ligeramente distorsionada, que devuelve el espejo. De la misma manera que para entender correctamente un cuadro retrocedemos unos pasos, también para observar el lienzo de la realidad necesitamos tomar una cierta distancia. Estando inmersos en la composición, acuciados por la inmediatez del diálogo o la servidumbre de la empatía, se hace mucho más difícil ver la compleja materia de la que está hecho nuestro comportamiento. En esos programas absurdos que estudian lo paranormal (aunque lo único paranormal sea el predicamento del que esas patrañas siguen gozando) hay un lugar común recurrente: El relato emocionado de ese individuo que narra con mucho sentimiento (y cara de situación) como, estando tendido en la mesa de operaciones, sufrió una complicación médica que le llevó a “estar muerto diez minutos” (sic). Gracias a esta escatológica experiencia el afectado invariablemente cuenta (acompañado de música de fondo suficientemente solemne) la misma historia. A saber, se vio a sí mismo, liberado de su corporeidad, sobrevolando como espíritu curioso la dramática escena hospitalaria; los sanitarios rodeando su cuerpo inerte, intentando frenéticamente “resucitarlo” mientras él, con la serenidad que da la naturaleza ectoplásmica de los celestes, contempla, desde su recién aprehendida majestad omnisciente, algo que sabe suyo, pero que, sin embargo, observa con la mirada sorprendida del que, por primera vez, se enfrenta a algo peculiar y novedoso a pesar de que no está viendo otra cosa que a su propio ser. Moraleja: Si ver las cosas con cierta perspectiva es útil incluso a los que están “técnicamente muertos”, mucho más lo es a nosotros, atribulados vivientes, que todavía caminamos por el siglo.

Pues eso, la situación con la que comienza «Un hombre con gafas de pasta», la propuesta escrita y dirigida por el catalán Jordi Casanovas que se presenta en la Pensión de las Pulgas, no puede ser más cotidiana: Una reunión de amigos en casa de uno de ellos. Algo que vivimos, aproximadamente, una vez a la semana.

A priori, podríamos pensar que enfrentarnos a algo tan habitual resultaría poco sugerente. Nada más lejos de la realidad. “Vivir” esa situación desde la distancia del hecho escénico, pero, al mismo tiempo, en el marco cuasihogareño que proporciona una sala tan “domiciliaria” como es la Pensión de las Pulgas en la que el público se integra en la escenografía como parte fundamental del montaje, excita la curiosidad del espectador que, por arte de la magia teatral, de vulgar escarabajo, pasa en un tris, a ser inquisitivo entomólogo.

La primera parte del montaje, en clave de comedia, resulta hilarante porque el autor ha captado magistralmente una buena instantánea de la realidad para luego, como buen instagramista, aplicarle unos atractivos filtros que no hacen sino resaltar lo cómico de una situación bastante reconocible.

Es en esta sección en la que el espectador comienza a paladear las virtudes del montaje: las sólidas interpretaciones, la fluidez de la trama, la  identificación de un conflicto, que se presenta con presunción realista, con experiencias personales de seguro vividas por todos los espectadores. Hasta ahí, todo positivo, todo bien trabajado, pero, obviamente, al teatro le exigimos siempre una vuelta más de tuerca. Y es, precisamente en este punto, donde esta función alcanza el calificativo de sobresaliente. Un giro inesperado de la trama hace añicos el cuadro anterior. De pronto, los personajes, sometidos al extraordinario estrés de nuevos e imprevistos acontecimientos que destruyen la clave cómica en la que se había aposentado la sección anterior, evolucionan con celeridad hacia registros fuertemente dramáticos. Este giro radical del tono y de la trama permite al autor alardear de su control sobre el pathos teatral. En ese pasar desde el “todos somos muy simpáticos tomando copas” al “si das un paso más te mato”, en esa evolución de los personajes, es en donde se  encuentra, en mi opinión, la parte más interesante del montaje.

Para terminar de ponerle la guinda a la propuesta, es de justicia añadir que el autor, que nos ha sabido llevar por una especie de descenso de cañones en un verdadero rafting emocional, consigue, además, pergeñar un final a la altura de las expectativas creadas durante la función.

Sin ánimo de hacer ningún spoiler, sí me gustaría reconocer por una parte lo atractivo de los personajes creados por Jordi Casanovas y la eficacísima encarnación de los mismos por un  elenco de actores muy bien armado. José Luis Alcobendas hace un hilarante/inquietanteMarcos (el gafotas al que hace referencia el título). Markos Marín (Óscar) no puede estar más divertido en el proceso de abducción de su personaje por el nocivo influjo del de las gafas, comportamiento que luego evoluciona hacia, unos abismos mentales en un proceso que no terminé de ver claro. Olga Rodríguez, como Laia también hábil en su papel primero de amiga pesada metomentodo y luego en personaje completamente desubicado por la información que la evolución de la trama le va desvelando. La que en principio aparece como más desvalida y sensible, Aina, Inge Martín, sorprenderá a la audiencia con un inesperado cambio de  actitud en el momento álgido de la acción.

Destaco, como especialmente divertido, todo lo relativo a la poesía del hombre de las gafas: el delirante texto en sí, que se podría analizar, entre risas, durante horas, pero del que destaco el verso de la aliteración de la “j”, -sin duda habría provocado un ictus a Rubén Darío-: “Ojos, ajos, lejos”, y también la actitud insoportablemente engolada con la que lo recita el pedante autor, así como la desternillante, y contradictoria, actitud de los oyentes del recital.

«Un hombre con gafas de pasta» se presentó en Madrid (en la sala Azarte) con otro elenco, hace unos años. Ha sido un verdadero acierto volver a traer este texto montándolo en un espacio, que lleva el camino de convertirse en icónico, en donde el teatro verdaderamente adquiere ese carácter de realidad aumentada en la que fácilmente podemos vernos reflejados.


Un hombre con gafas de pasta toma la Pensión de las Pulgas.

AINA A CABA DE SER ABANDONADA POR SU PAREJA. LAIA Y OSCAR LA QUIEREN ANIMAR; ENTONCES APARECE EL HOMBRE DE LAS GAFAS DE PASTA.

¿Has estado alguna vez en La Casa de la Portera? ¿No? No sabes lo que estás perdiendo. ¿Sí? Entonces seguro que también conoces la Pensión de las Pulgas, el delicioso salón estilo vintage donde José Martret y Alberto Puraenvidialevantaron el pasado mes de noviembre su nuevo escenario. Un original proyecto que sigue los pasos de su predecesor y vuelve a hacer las delicias del espectador con experiencias teatrales únicas.

Y, ¿por qué La Pensión de las Pulgas? Pues porque en esa casa centenaria ubicada en el número 48 de la calle Huertas de Madrid vivió una de las reinas del cuplé de los años 20. Aún más, la Bella Chelito no sólo hizo cantar a toda España —y a golpe de gramola— el famoso cuplé de “La pulga”, fue también la primera mujer empresaria teatral de nuestro país. Por ello y en honor a esta gran dama de la escena española, los creadores de La Casa de la Portera inauguraron este nuevo espacio donde solo 35 espectadores por sesión pueden disfrutar de las innovadoras puestas en escenas de los inquilinos de esta singular pensión.

Varias son las propuestas estivales, todas de lo más sugerente, pero si hay que destacar alguna me decanto por Un Hombre con Gafas de Pasta. Una magnífica obra de Jordi Casanova que mezcla con maestría la intriga de un thriller gótico con la fantasía de última generación. Ironía, suspense, drama, sentido del humor y las grandes dosis de profesionalidad de los intérpretes— José Luis Alcobendas, Markos Martín, Inge Martín y Olga Rodriguez— sumergen al espectador en una vorágine contemporánea donde la imbecilidad parece tomar las riendas. Y hasta ahí puedo contar. ¿El texto? Magnífico, ágil, cautivador.


MONTAJE BUENOS AIRES. CRÍTICAS.

‘Un Hombre con Gafas de Pasta’, sorprendente enredo

La exitosa obra de Jordi Casanovas es una caja de pandora de principio a fin

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Una atinada obra española sorprende en Buenos Aires
Una atinada obra española sorprende en Buenos Aires

Un Hombre con Gafas de Pasta es una joyita española en el circuito off del#Teatro porteño. Una comedia moderna con tintes de suspenso y un género muy poco corriente sobre el escenario, el terror. Jordi Casanovas, su autor y director con gran imaginación ha creado una dramaturgia fresca con buena dinámica, reflexiva, misteriosa, mágica y divertida.

En escena personajes contemporáneos, un trío de amigos causan empatía de manera inmediata desde el comienzo, y luego inesperadamente la trama hace un giro magistral, mutando frente al espectador como así sus personajes cuando ingresa a escena un personaje misterioso y sumamente intelectual. Un sabelotodo que calza unos anteojos de pasta que dan título a la pieza. Desde allí se dará una catarata de peculiares situaciones entre el drama, la comedia y el horror. Una gran propuesta.

Los cuatro actores además están perfectos en sus papeles. Empezando por Marcelo Melingo, como el hombre de gafas, contundente en su interpretación. Ramiro Agüero, un apasionado seguidor que cae fascinado frente al speech del disertante. Paula Marull sorprende por su energía, brinda los mejores momentos de comicidad y simpatía, es la pareja del anterior y amiga íntima de la protagonista. Y Paula Manzone es Ana, esa joven sufrida en plena crisis amorosa y anfitriona a la fuerza de una cena planeada a apuradas por la pareja de ingenuos amigos. Brillante composición, muy versátil para trasmitir en una misma noche, ternura, fragilidad y temperamento. Los cuatro consiguen una labor natural, cualquier cena con amigos en la que nosotros mismos podríamos armar. Un gran equipo creativo junto al vestuario, escenografía y luces.

La obra española fue un éxito en su tierra, precisamente en Madrid, que llegó a manos de la directora a raíz del Festival Europa + América, Silvia Gómez Giusto(más conocida por sus trabajos en danza). Se puede ver en el circuito Off del teatro de Buenos Aires, en la bellísima sala del Espacio Callejón, Humahuaca 3759.


Una de terror.

Aun sorprendida, me siento a escribir esta reseña sobre “Un hombre con gafas de pasta”. Los catalanes se caracterizan, desde mi humilde opinión, por romper los moldes, ser vanguardistas, revolucionarios. Y la obra de Jordi Casanovas no es la excepción. Rompe con lo que el espectador espera encontrar.

La obra comienza con una conocida situación, para unos más para otros menos, de consolar a una amiga recién separada. Un matrimonio amigo ¿hará? todo lo posible por sacarla de su tristeza.

La primera parte de la historia tiene un ritmo vertiginoso, donde las actuaciones de Paula Marull y Paula Manzonabe se destacan por su ductilidad para trabajar la comicidad. El elenco se completa con la dupla masculina, Ramiro Agüero y Marcelo Meligno. éste último interpretando al candidato (Marcos) que le presentarán Oscar y Lara a su amiga Ana. Un poeta con aires de intelectual, snob, misterioso, hipster y un toque soberbio, que protagoniza una de las mejores escenas al recitar un poema de su autoría.

La acción transcurre en un living de clase media conectado con la cocina de la casa, sin embargo el espectador no puede visualizar lo que sucede allí. La escenografía diseñada por Matías Sasaki contribuye de gran manera al dinamismo que requiere la obra.

El diseño de vestuario, a cargo de Peta Acevedo, ayuda a la caracterización de cada personaje –algunos de ellos con varios cambios de vestuario- y cobra un rol importante en el desarrollo  visual y dramatúrgico.

“Un hombre con gafas de pasta” escapa a los rótulos. Sobe el final, la obra sorprende al dar un vuelco inesperado que, debo disculparme con usted lector, no podré revelar. Usted sabrá comprenderme. Deberá presenciarlo usted mismo.


El hipster que todos tenemos cerca

Debo decir que Espacio Callejón es uno de mis teatros preferidos. Cruzar el largo pasillo hasta la sala, con su patio cubierto por enredaderas y su bar, me predispone de muy buen humor para la función. Con texto del catalán Jordi Casanovas y dirección de Silvia Gómez Giusto, Un hombre con gafas de pasta(Espacio Callejón, 20:00 hs) trae al circuito teatral una muy buena comedia española que por momentos se codea con la sitcom y se desenvuelve con gran libertad creativa.

Ana, interpretada por Paula Manzone, afronta una crisis sentimental en compañía de una pareja de amigos que carecen de cualquier tipo de filtro: Oscar (Ramiro Agüero) y su mujer embarazada, Lara (Paula Marull). A este terceto desopilante se suma Marcos (un excelente Marcelo Melingo), un intelectual de polera, saco y anteojos, exquisito en su registro pretencioso. Ana escribe poesía, y varios de los mejores pasajes de la obra se situan en la frontera entre el iniciado (Marcos) y la principiante (Ana), que a poco comienza a liberarse de esta zona marcada por el bullyng de sus amigos. El contraste entre Ana y el resto de los personajes es claro; funciona como el punto de vista privilegiado del público. Allí, en este desdoblamiento, es donde crece y toma fuerza Un hombre con gafas de pasta.

ganchosUna comedia que se codea con la sitcom, de gran libertad creativa.

El recorrido de Ana va del patetismo y la victimización hasta la redención, que la convierte en heroína. Ahora bien: el intelectual hipster parece haber invadido el ambiente español, como lo ha hecho en gran parte de las ciudades del mundo, y su estereotipo ilustra una escena global y contemporánea. ¿Qué diferencia hay entre un poeta hipster de Brooklyn, un director de cine de Madrid y un diseñador gráfico que alquila un PH remodelado en Palermo? A priori, nada. Lo que varía es el modo de abordar su figura y sus connotaciones en distintos territorios del presente, bajo distintas modalidades artísticas.

¿Qué hace Jordi Casanovas con esta figura? Diagrama una comedia de enredos con tres personajes de clase media sentados alrededor de una mesa ratona, una tarde cualquiera, y le suma un conflicto: la ruptura amorosa. Ahora sí es posible poner a una mujer destrozada, débil, frente a la figura de un maestro de arte, ególatra y ultra pretencioso, tan hilarante como reconocible. Por algún motivo, la comedia española siempre parece fresca y descontracturada, como si se animara a rebasar límites infranqueables en otras latitudes.

A medida que transcurre, la pieza dirigida por Silvia Gómez Giusto gana en frenesí y delirio. Su gran acierto, y el del elenco, es sostener la frescura y el desparpajo narrativo que propone el texto español con una energía que posibilita cualquier cambio o cruce de géneros, sin debilitar la propuesta. El último gran quiebre de El hombre con gafas de pasta propone al hipster como un vampiro. Parece insólito y absurdo, pero tiene su lógica. De la misma manera que Drácula viaja a Londres, la gran ciudad gótica de la época, el hipster desembarca en el centro intelectual de las grandes metrópolis del mundo, ya sea Madrid, Nueva York o la mismísima Buenos Aires.


Thriller sorprendente, que se burla del esnobismo literario

8 AGO 2016 | 08:51 “Un hombre con gafas de pasta”, la pieza del catalán Jordi Casanovas, está muy bien adaptada, y sobre todo actuada, y hace foco en las apariencias del mundo intelectual.

Por Javier Firpojfirpo@larazon.com.ar

Un elenco que brilla en esta comedia-thriller inesperada. Melingo, en primer plano, seduce y... mete miedo.

Se trata de esas obras que dejan al espectador boquiabierto, en silencio por lo que sucede en el escenario. Sorprende, especialmente, por el volantazo que pega cuando menos se lo espera. “El hombre con gafas de pasta”, del catalán Jordi Casanovas, es de las piezas que se ganaron su derecho de estreno comercial en el circuito off, luego de dejar una muy buena impresión en el Festival Internacional de Dramaturgia Europa+América. A la directora Silvia Gomez Giusto le llegó la propuesta y llevó a cabo una atrapante adaptación con un elenco dúctil y solvente, que cumple con creces y sin fisuras las exigencias de una obra tan compleja como ciclotímica. Casanovas, el autor, construyó una historia que al comienzo tiene el humor de la típica comedia y que, de repente, gira hacia el suspenso y el thriller -muy bienvenidos-, provocando inquietud y tensión.

De arranque, tenemos a tres personajes cotidianos: la pareja de Lara (Paula Marull) y Oscar (Ramiro Agüero), parecen ser los amigos perfectos que intentan animar a Ana, incipiente escritora que sufre por el abandono de su pareja. Son muy efectivos y risueños los intentos de la parejita invitada por levantar la moral de la bajoneada dueña de casa. Sin embargo, Lara y Oscar tienen un as bajo la manga: la llegada de un invitado, Marcos (Marcelo Melingo), un amigo escritor, reconocido, aunque con todos los vicios y tics del intelectual esnob (es el hombre de las gafas del título).

No conviene adelantar las escenas que se sucederán con la llegada de Marcos (fantástico el trabajo de Melingo), donde la obra experimentará una metamorfosis, pero sí vale la pena escuchar a Paula Marull, actriz, autora y directora que se encuentra atravesando su período interpretativo más rico. “El proceso de ensayo -cuenta- fue de búsqueda constante, pero siempre desde un lugar de disfrute y de confianza en la mirada de la directora (Silvia Gómez Giusto). ‘Un hombre…’ es una obra sustanciosa porque como intérprete te permite pasar por todos los estados. Así que nos entregamos al juego sin prejuicios”.

Más allá de lo perturbadora, y por momentos violenta, “Un hombre…” hace una crítica mordaz al esnobismo que a veces impera dentro del mundo literario: léase hablar difícil, tomar prestadas frases conocidas y de impacto, sobreactuar cierto tono intelectual y, por supuesto, llevar esos anteojos tan distintivos. “Ese cuestionamiento se dio naturalmente, porque ya estaba en el texto original. No fue algo que tuvimos que acentuar o subrayar particularmente. Siento que la obra habla de eso pero apelando al humor e inteligencia, haciendo una referencia muy directa a este tipo de personajes”, sostiene Marull, quien se encuentra en plena actividad, dirigiendo “Los ojos de Ana” y “Yo no duermo la siesta”. Sobre Lara, su personaje, Paula la define como “una mujer de vida chata, sin aspiraciones, y a la espera de un hijo”. Y junto a Oscar -también de vida gris- están obnubilados con la imagen camaleónica de Marcos, quien, perspicaz, reduce a la mínima expresión a todo el que lo rodea. Pero el matrimonio parece gozar ese menosprecio y hasta es capaz de humillar a su amiga Ana con tal de contar con la aprobación de Marcos.

Otra perla “made in Abasto”, que no hay que dejar escapar.


De la comedia al realismo mágico

LA NACION

VIERNES 22 DE JULIO DE 2016
Melingo
Melingo. Foto: Gza. N. Rubinstein
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Un hombre con gafas de pasta / Autor: Jordi Casanovas / Dirección:Silvia Gómez Giusto / Intérpretes: Ramiro Agüero, Paula Manzone, Paula Marull, Marcelo Melingo / Escenografía: Matías Sasak / Luces: Leo D´Aiuto / Vestuario: Peta Acevedo / Selección musical: Aliana Alvarez Pacheco y Silvia Gómez Giusto / Asistencia de dirección y producción artística: Aliana Alvarez Pacheco / Sala: Espacio Callejón, Humahuaca 3759 / Funciones: viernes, a las 23 / Duración: 80 minutos / Nuestra opinión: buena

La obra bien podría pensarse como dos separadas, pero en la unión está la clave. Una primera que arranca ya in medias res con los personajes sentados en un sillón jugando a las cartas y esperando que los espectadores tomen sus asientos y se dispongan a ver qué sucede en ese triángulo. Ana, interpretada brillantemente por Paula Manzone, acaba de ser abandonada por su pareja, Miguel, del que solo sabremos unas pocas cosas porque poco importa ya. Lara y Oscar Paula Marull y Ramiro Agüero, muy buenos en la comedia son la pareja de amigos que tienen a cargo distraer esa noche a Ana aunque por la actitud que toman parece todo lo contrario.

La obra española, que llega a manos de la directora Silvia Gómez Giusto a raíz del Festival Europa + América, encuentra, en esta primera parte, buen eco en el teatro porteño que hace años que está encantado con esa mesa ratona en un living de clase media y todo lo que puede suceder alrededor de ella. Es que sí, Lara y Oscar además de estar por convertirse en padres funcionan como el peor espejo de esta mujer despechada y dolida que quedó sin saber qué rumbo debe tomar su vida. Las escenas se suceden con gracia, a veces rozando lo absurdo y ridículo, pero con una frescura que hace reír a toda la platea.

Pero esa noche no es cualquier noche. Y aunque podría quedarse la historia en ese trío desopilante falta todavía un personaje más: Marcos, el hombre con gafas de pasta (Marcelo Melingo). Lara y Oscar que funcionan con una falta de sentido común que aterra no tienen mejor idea que sumar a un amigo que acaban de conocer y que respetan de un modo casi patológico. Marcos es misterioso, potente, intelectual, todo lo que ellos no son y quieren ser. A poco de llegar interpela a Ana que escribe cuentos y le dice “¿No serán de realismo mágico?” y casi desapercibida tenemos la clave para poder entender en qué deviene esta segunda parte de la obra. Este ¿hombre? tan extraño permite profundizar esta realidad y mostrar muchas más aristas que desde el llano eran totalmente invisibles. Esa justamente es la gracia de este género.

Es cierto que nuestro teatro carece de la costumbre de transitar por el realismo mágico, género que se caracteriza por incluir elementos fantásticos, y se vuelca generalmente al realismo a secas. Y, por este motivo, esta segunda parte resulta un poco dificultosa y árida para nuestro horizonte que pretende más hechos concretos que sobrenaturales. Pero el intento es bueno y sobre todo si se tiene en cuenta que en estos cruces dramatúrgicos accedemos a zonas menos transitadas.

Las cuatro actuaciones acompañan muy bien y aunque la obra se vuelva un poco larga es una buena oportunidad para indagar en este género y desapegarse por un rato de la búsqueda de lo real.


Un hombre con gafas de pasta
Jordi Casanovas

Este año, en el marco del Festival Internacional Europa + América (destinado a dar a conocer nuevas obras de dramaturgos extranjeros con puestas en escena de directores argentinos) surgieron varias revelaciones que, más allá del evento, siguen en cartel hasta fines de setiembre. Una de esas sorpresas, muy disfrutable, puede verse en el Espacio Callejón: Un hombre con gafas de pasta, del catalán Jordi Casanovas, con excelente dirección de Silvia Gómez Giusto (más conocida por sus trabajos en danza) y muy buenas interpretaciones de Ramiro Agüero, Paula Manzone, Paula Marull y Marcelo Melingo. El punto de partida es una comedia de situación, en la que una pareja quiere ayudar a una amiga con vocación literaria a recomponer su vida amorosa y organiza un encuentro con un poeta para presentárselo. Genialmente, la pieza deriva en una intriga sobrenatural, de vampiros, que Jordi Casanovas maneja con mano experta. Misterio y humor se combinan inmejorablemente. Más allá de la moda que ha llevado al cine y a la literatura el auge vampirista, en la inteligente obra de Casanovas el símbolo se resignifica en la mejor tradición de Drácula y Nosferatu, tanto por la vía del erotismo como por la relación con los estimulantes, la vida social enajenada, el misterio o lo sagrado. Hay que destacar especialmente el trabajo de Marcelo Melingo en la composición de ese escritor monstruoso, extraño cruce entre lo cotidiano y lo fantástico. Para no dejar de ver. (El Extranjero)

Jorge Dubatti

Cuando nos sentamos en las butacas de la obra Un hombre con gafas de pasta, los actores ya estaban jugando a las cartas. Con mucho talento desde el minuto uno, nos trasladan al salón de la pobre Ana (Paula Manzone), dividida entre su situación emocional -acaba de terminar la relación con su pareja- y sus amigos. Y lo que parece que van a ser unas risas tiernas y una trama de crítica a la falsa intelectualidad y su adoración, gira y gira en tantos grados que ¡me tuve que agarrar al asiento!Un texto de Jordi Casanovas y dirección de Silvia Gómez Giusto, producido por EUNIC, Embajada de España en Argentina, Espacio Callejón y el Festival Internacional de Dramaturgia Europa + América, este festival ofrece la posibilidad de disfrutar textos europeos a manos de profesionales del teatro argentino. Y, al menos esta propuesta, no defrauda. Es la exquisita sencillez de la cotidianeidad puesta frente al espejo, ¿será ese reflejo toda la historia o hay algo más?Ramiro Agüero y Paula Marull interpretan a Laia y Oscar, una pareja estable a pocas semanas de ser padres, que quieren animar a su amiga. Para ello deciden presentarle a Marcos (Marcelo Melingo), un hombre con anteojos negros, intelectual, poeta, viajero, e insoportablemente pedante. Su adulación es tal a este personaje que el público no se puede contener y las risas salpican la escena casi por sorpresa, imposible frenarlas. Al mismo tiempo es triste que se admire tanta arrogancia y ego, pero así es la vida y por eso nos hace gracia.

La noche continúa con un nuevo juego: tratar de hipnotizar a Marcos. Y lo consigue. Lo siguiente tendrán que ir a verlo porque develarlo sería muy maleducado por mi parte, casi como lo es este hombre de gruesas gafas y vacías palabras con Ana. Menos mal que Ana, desdichada en el amor, es afortunada en el juego.

Destaca el valiente giro de la trama y unas actuaciones excelentes. Es entretenida e interesante, y la adaptación argentina es, en mi opinión, de diez. Tienen hasta septiembre para verla en Espacio Callejón.

 

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