2016. Port Arthur

port arthur-personatges-obres       Verbatim thriller.

A man has been arrested. He is accused of being responsible for a terrible crime. He remembers nothing. Two police inspectors ask him questions to jog his memory. Or perhaps their intention is for him to believe everything that they tell him.

Real documents from the case, leaked by WikiLeaks, take on the form of a theatrical production that invites us to think about what goes through the mind of a man who has committed a shocking crime, and why our memory tries to erase traumatic events from our existence. Are we what we remember? Or what others say we have done? This is a new opportunity to confirm how reality makes material for fiction, how it can throw up thousands of questions, and how it can make viewers feel uneasy.


Un hombre ha sido detenido. Le acusan de un terrible crimen. Él no recuerda nada. Dos inspectores de policía le harán preguntas para que recupere la memoria. O quizás pretenderán que crea todo lo que ellos le relatan.

Los documentos reales del caso, filtrados por WikiLeaks, toman la forma de un montaje teatral que nos invita a pensar qué pasa por la mente de un hombre que ha cometido un crimen espantoso y por qué la memoria intenta borrar los hechos traumáticos de nuestra existencia. ¿Somos lo que recordamos o lo que los demás nos dicen que hemos hecho? Una nueva oportunidad para comprobar cómo la realidad es material para la ficción, cómo puede generarnos miles de preguntas y cómo puede inquietar a los espectadores.


Un home ha estat detingut. L’acusen d’haver provocat un terrible crim. Ell no recorda res. Dos inspectors de policia li faran preguntes perquè faci memòria. O potser li faran creure tot el que ells li relatin.

Aquesta és una bona oportunitat per tornar a treballar amb material real i convertir-lo en una nova ficció, independent de la informació que no es desprengui del propi text, de la pròpia transcripció, dotant-la de valor dramàtic i dibuixant les històries no explicades dels personatges. Una nova oportunitat per comprovar com la realitat és material per la ficció, com pot generar-nos milers de preguntes i com pot inquietar als espectadors.

Quina ment pot cometre uns actes tan terribles? Quina ment ens borra allò traumàtic de la nostra memòria? Tres homes lluiten per descobrir quina ha estat la realitat i quina és la veritat.


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‘Port Arthur’ es la dramatización del interrogatorio real de un asesino a cargo de dos inspectores del cuerpo especial de la policía de Tasmania (Australia), extraído de los fondos wikileaks. El presunto criminal que aún no ha sido condenado se enfrenta a dos clásicos perfiles de serie de policías en un diálogo donde se van descubriendo partes de los hechos, pero que básicamente retrata la personalidad alterada del protagonista.

Casanovas ha trabajado en el mismo territorio que aquel magnífico ‘Ruz-Bárcenas’. Un teatro documento que en esta ocasión no nos toca de cerca y nos llega, en todo caso, como el que podría ser un capítulo de una hipotética serie seria, quiero decir sin morbo, sobre las masacres en el mundo al que auguraríamos éxito. ‘Port Arthur’ es carne de televisión hecha teatro. Buen teatro. Intrigante teatro que lógicamente no nos permite entrar en detalles porque la pieza se levanta sobre un diálogo a tres bandas y pocas acciones con un final que sino resulta del todo sorprendente sí da cuentas de la magnitud de la tragedia.

Buen trabajo de actores. Con un Dafnis Balduz que borda el pantanoso perfil de un hombre que parece hablar sinceramente aunque parece ignorar mucha parte de lo que ha hecho. ¿Enfermo? Lo cierto, y eso no sale en la obra, es que a Martin Bryant lo declararon apto para ser juzgado después de evaluarlo psicológicamente. Si piensan en ir a ver la obra les ruego que no busquen el nombre en internet. La historia es de serie entera.


Jordi Casanovas repite la fórmula que tan bien le funcionó en Ruz-Bárcenas y lleva a escena la transcripción del interrogatorio realizado el 4 de julio de 1996 en la prisión de Risdon, en Tasmania (Australia), al acusado Martin Bryant. Los documentos del caso fueron accesibles por la filtración de WikiLeaks, y, previa traducción a cargo de Sílvia Sanfeliu, Casanovas se limita a interpretarlos escénicamente, pero asegura que tanto las palabras escuchadas en la función como el orden de las frases es tal cual aparece en la transcripción oficial.

Esto todavía hace más atractiva la propuesta, porque si alguien la viera sin conocer su contexto real, de realidad, de no ficción, creería que es una pieza teatral original, un thrillerperfectamente tramado, con los giros oportunos en los momentos adecuados, con la dosificación de la información perfectamente planeada para mantener el interés del espectador, con ambigüedades que despisten el juego deductivo del público que trata de juzgar la inocencia o culpabilidad del reo, con unos personajes bien definidos,… Pero una vez más se demuestra que la realidad supera la ficción. O, dicho de otro modo, que no hace falta inventar cuando la realidad nos proporciona materiales tan suculentos como este interrogatorio. Porque, si Ruz-Bárcenas nos atrapó por lo cercano del caso, Casanovas consigue que, en esta ocasión, lo que nos atrape sea el saber que lo que estamos presenciando ocurrió de verdad. Tal vez con otros matices, pero con las mismas palabras.

El teatro del CCCB, con público a dos bandas, se convierte en la sala de interrogatorios de la prisión australiana. En ella entran y se sientan en una mesa, de perfil a los espectadores, el preso y los dos inspectores, que harán a su vez el papel del poli bueno y el poli malo. Para que el público no se pierda detalle de las expresiones faciales de los intérpretes ­–sobre todo del preso−, una pantalla de vídeo en directo permite ver de cerca y de frente los extremos de la mesa donde están sentados. Durante la hora de espectáculo, que casi sabe a poco, el ritmo de la acción y de cómo va desvelándose la información mantiene el interés en cotas muy altas, no se desconecta de lo que ocurre en escena ni un segundo. Todo se observa con atención, todo se escucha con avidez, todo se interpreta, con todo se elucubran posibilidades sobre qué está ocurriendo realmente en esa sala.

El tema de fondo, además, es un debate todavía candente veinte años después de los hechos que narra, sobre todo en la sociedad americana, donde cada día siguen muriendo personas por armas de fuego, unas armas al alcance de casi cualquiera. También Port Arthur supone un ejemplo de cómo un gobierno responsable aborda ese problema y de las consecuencias positivas de esas políticas.

Tal vez todo esté sonando demasiado hermético y críptico, pero sería un delito desvelar el más mínimo detalle sobre el argumento de la obra, porque jugar a descubrirlo en vivo y en directo es también lo que le aporta intensidad al montaje. La misma intensidad que transmiten los actores en escena: Dafnis Balduz hace un magnífico trabajo en el convincente −a pesar de lo difícil− papel del preso; Javier Beltrán, con su habitual savoir faire escénico, da vida al poli bueno, al que va más allá del interrogatorio, de la investigación, y pretende descubrir cómo funciona realmente la mente del ser humano, sobre todo cuando parece perturbada; y, finalmente, un Manel Sans un tanto chillón en algún momento de la función, encarna al poli malo, al que sólo busca impartir justicia y que el prisionero reconozca su crimen, por los medios que sean necesarios. Los tres están dirigidos con soltura por Casanovas, que hace una interpretación perfectamente plausible de lo que pudo acontecer en aquella sala, de lo que se desprende de las palabras y, no menos importante, de los silencios.

Port Arthur resulta una muy buena apuesta tanto por parte del equipo artístico que la compone, como por parte del espectador que la elige. Ojalá pueda verse de nuevo en Barcelona, fuera del marco del Festival Grec −en el que sólo está en cartel un par de semanas, hasta el domingo 24−, y también, por supuesto, en el resto del estado, porque no deja de ser escalofriante la poderosa atracción de la no ficción.


Port Arthur

No todo el mundo es capaz de unir los elementos necesarios para construir un buen thriller. Bien es cierto que en el caso de Port Arthur la materia ya venía dada, pero simplemente por el trabajo de condensar una declaración de ocho horas en una y no caer en las repeticiones que este tipo de estructuras dramáticas llevan consigo, ya se puede alabar el inmenso dominio, que una vez más vuelve a demostrar Jordi Casanovas.

Escenografía a dos bandas, el público se sitúa dentro de la sala de interrogatorios, como ya sucedía en el caso de Ruz Bárcenas. Pero aquí el ambiente es diferente, y la historia no por desconocida y lejana se nos hace menos presente. En escena dos policías y un supuestamente asesino psicópata que ha matado al menos a 35 personas y herido a otras tantas.

Port Arthur no es un thriller con un ritmo vertiginoso de principio a fin, la tensión va in crescendo según pasan los minutos. La sensaciones que el rastro de declaraciones van produciendo en el espectador, son diversas. Desde una fuerte empatía inicial, la culpa a los crecientes errores policiales, mas aún tratándose de un caso sacado del Wilileaks, pasa a ser una bofetada tal, que al abrir los ojos piensas que no sabes cómo ha sido posible sentir empatía hacía tal engendro.

Los tres actores bordan sus papeles, los dos polícias: Manel Sans, que juega al “poli malo”, con una actitud, ya de entrada, más directa y violenta que su compañero, Javier Beltran, “poli bueno” que inicia el interrogatorio con demasiado afabilidad y en un estado totalmente conciliador con Martín, Dafnis Balduz, el supuesto asesino psicópata. La interpretación de Balduz no sólo convence sino que muestra un abanico de recursos impresionante, que van desde ser la víctima del sistema, una especie de corderito degollado que nunca ha roto un plato, a mostrarnos un perfil más psicótico que con una simple mirada, y sin mediar palabra, te lo dice todo.

Port Arthur es una hora de angustia muy bien justificada, con un ritmo preciso y con una dirección detallista de Jordi Casanovas que te deja cuestionarte de qué lado estás pero dejando claro hasta el final que las cosas no son como parecen. Si hace algunos meses a la salida te obsequiaban con una cerveza, quizás para devolverte el aliento. Aquí, al menos, deberían ofrecerte un chute de whisky, así la bofetada que te devuelve a la realidad sería más ligera. Hasta el 24 de julio al CCCB, para disfrutar a veces se tiene que sufrir. ¡Suframos!

Elisa Díez, Butaques i somnis / Recomana, 13 juliol 2016.

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L’espectador i el criminal

El teatre document que el dramaturg Jordi Casanovas (Vilafranca del Penedès, 1978) ja ha produït alguna altra vegada té fins al 24 de juliol al teatre del CCCB una mostra realment impressionant, en tant que recull un interrogatori policíac sobre un famós crim de finals del segle passat, filtrat i divulgat per Wikileaks. És a dir, l’espectacle titulat Port Arthur i els seus intèrprets trepitgen el terreny segur de la realitat, a partir del qual la dramatúrgia de Casanovas no ha fet més que retallar o recosir el diàleg, sovint violent, entre dos policies i el principal sospitós d’un assassinat col·lectiu, respectant la literalitat de les paraules i frases que van fer servir els tres protagonistes. L’acció va tenir lloc el 1996 a la presó de Risdon, a Tasmània (Austràlia).

La diferència fonamental entre aquest interrogatori i el que el mateix dramaturg va portar a escena entre el jutge Ruz i Bárcenas està en el fet que l’extresorer del PP era i és un personatge mediàtic carregat d’informacions i de prejudicis per part dels espectadors, mentre que a Port Arthur, del jove acusat Martin Bryant, ningú del públic no en sap res. I és aquesta ignorància la que permet a l’espectador instal·lar-se en un joc de conjectures sense ira, de naturalesa semblant a la que revolta els policies quan s’enfronten als atacs d’amnèsia de l’acusat. Els interrogadors, esclar, tenen motius per indignar-se perquè disposen d’unes dades sobre Martin —subministrades per la investigació— que l’espectador desconeix, de manera que la relació “sentimental” entre aquest últim i l’acusat atorga un interès peculiar a la representació.

Cal aplaudir que la dramatúrgia de Casanovas hagi situat en el tram final de l’interrogatori el contingut real de l’acusació i que, quan s’acaba l’espectacle, la veu en off informi de la condemna que va caure a Bryant. Aleshores tenim tots els elements per valorar l’actuació magnífica de Dafnis Balduz en el paper d’acusat, tranquil i segur quan argumenta la seva innocència, extraordinàriament desconcertat quan nega la seva presència en l’indret del delicte. Molt encertat el recurs de la pantalla de vídeo per veure en detall la interpretació dels actors. La de Balduz i la dels esplèndids Javier Beltrán i Manel Sans, el policia bo i el policia dolent.

Joan-Anton Benach, La Vanguardia, 15 juliol 2016

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El poder de la intriga

La veu del periodista Joan Salvat ens adverteix a l’inici de la funció que el que veurem és una dramatització d’un document que forma part de WikiLeaks. Jordi Casanovas ho ha tornat a fer: utilitzar documentació real per portar-la a escena. Primer, la declaració de Luis Bárcenas davant el jutge Ruz. Ara, la transcripció d’un interrogatori que fan dos policies a un acusat d’un crim que es va cometre a Austràlia el 1996. I no explicarem res més de l’argument.

Aquest és un muntatge de petit format i escenografia ben senzilla i naturalista, la típica taula llarga on a cada banda hi seuen els personatges. Visió de pla general que es reforça amb una pantalla per apreciar els detalls dels rostres dels protagonistes, especialment de l’acusat. Il·luminació freda de fluorescent, vestuari típic. Situació més que tòpica, sí, el policia bo i el policia dolent —que en algun moment s’intercanvien el rol— pregunten, callen, recontrapregunten i tornen a interrogar a un detingut totalment desconcertat i desconcertant perquè no recorda, o afirma que no recorda què va passar.

¿Quantes vegades hem vist aquesta situació a la ficció? ¿A quantes pel·lícules i sèries i novel·les? Ara és teatre, però en realitat som conscients que es tracta d’una transcripció. Ho reforça el pròleg i l’epíleg que ens explica les conseqüències del fet, també amb veu de Salvat.

El que més m’ha fascinat de Port Arthur —un bon espectacle per representar a cada poble i ciutat dels Estats Units més que entre les nostres contrades— és la manera com Casanovas ha dosificat el text i ha gestionat el ritme per aconseguir que la dramatúrgia creixi de manera exponencial i mantingui el misteri durant tota la funció, una hora que deixa sense alè. A més, aconsegueix transmetre l’ambigüitat i la complexitat de la situació gràcies a una direcció ferma, i alhora prou desdibuixada, perquè deixa a mans del públic que decideixi si Martin Bryant, l’acusat, ho recorda tot o ens pren el pèl.

Intriga, patiment i un missatge claríssim, les armes les carrega el diable i com més fàcil sigui adquirir-les pitjor per a la societat. Gènere negre sense fissures que convenç també gràcies a les interpretacions. Pel que fa als policies, Manel Sans en algun moment hauria de baixar el to per no confondre’s amb el televisiu quinqui Fajardo, mentre que a Javier Beltran li manca convicció corporal. Menció a banda per a Dafnis Balduz, un intèrpret que sempre m’havia semblat molt convencional fins a aquest impressionant treball de mirada penetrant que tant glaça el cor, com mostra la innocència més pura sense pronunciar ni un mot.

Teresa Ferré, Recomana, 15 juliol 2016